
Imaginé que dolía, lo intuí,
que era fuerte, duro, lacerante… Lo sentí.
Con coraza laminada de acero lo viví.
Sin querer quitarme la esperanza,
ni olvidarme de tus besos y tu aliento,
de las horas ¿malgastadas? Nunca…
de los días esperando, sintiendo,
aún en tu ausencia,
la presencia de tu celo, de tu locura,
de mis ansias magistrales, de mis dedos,
posados sobre el ábside perfecto de la vida,
inflando, en cada tacto, la fuerza,
la masculinidad perpetua y escondida
de tu mundo “inacabado”, imperfecto.
Colegial insulso que purgas tus pecados
obviando el deseo ardiente de tu sexo,
reprimido amante… sin perdón y sin consuelo,
¡Ay… si alguna vez has amado!
Comprenderás, de pronto, los misterios
que a tu corazón, lúgubre hoy, me han anclado,
los dolores imprecisos, los silencios,
las tenues noches deseando tus pecados;
los insanos pensamientos
la dicha de hacerte mi “soñado”.
Alimento, con gula, mi deseo
de tenerte, de sentirte, hasta el exceso
comerte y comerme tus sentidos
hasta morir, de amor ya desgastados.
Y… sí, sentí y… siento
y te busco cada noche entre mi arrullo,
intentando lamerte los sentidos
los dedos de tu hombría… uno a uno,
para derramar sobre tu vientre,
sobre tu pecho, tu cara y tu ternura,
el eterno elixir de mi presencia
que… nunca dudes… es verdad pura.
Hoy, acaricio la locura de tu ausencia
y… me duele… ¡como duele!... pero cura.
No hay rencores… al contrario… hay…
… hay sinceridad, de la cruda
la que duele, la que vibra,
la única verdad pura.
Que te quiero… con el alma
Hasta la última bruma.




